El termómetro de mis emociones

Todas las emociones son importantes. Descubre cómo te sientes y piensa qué necesitas.

¿Para qué edad lo utilizamos?

1. ¿Cómo me siento?

2. ¿Qué necesito?

3. ¿Qué puedo hacer?

Guía práctica para familias y docentes

Termómetro de las emociones: una guía para acompañar, comprender y regular

Esta herramienta de educación emocional ayuda a niños, niñas y adolescentes a poner nombre a lo que sienten, reconocer qué necesitan y descubrir posibles formas de cuidarse. Pero, sobre todo, es una oportunidad para que el adulto acompañante escuche, valide y ofrezca seguridad sin juzgar ni intentar eliminar la emoción.

Identificar emociones Comprender necesidades Practicar estrategias

¿Qué estamos trabajando con este recurso?

Mucho más que reconocer una carita o elegir un color.

El termómetro permite iniciar una conversación sobre el mundo emocional. Ayuda a desarrollar vocabulario emocional, conciencia de las propias sensaciones, identificación de necesidades y búsqueda de respuestas útiles. También favorece que el niño aprenda, poco a poco, que puede sentir emociones intensas y atravesarlas con acompañamiento.

01 · Reconocer ¿Qué me pasa? Observar la emoción y ponerle un nombre aproximado, sin exigir que el niño acierte una etiqueta exacta.
02 · Comprender ¿Qué necesito? Explorar qué puede ayudar: compañía, espacio, descanso, seguridad, movimiento o escucha.
03 · Elegir ¿Qué puedo probar? Seleccionar una estrategia sencilla y realista, adaptada a la edad y al momento.
Idea clave: el objetivo no es conseguir que el niño deje de estar triste, enfadado o asustado cuanto antes. El objetivo es ayudarle a comprender lo que siente y acompañarle para que pueda gestionarlo de forma segura.

Cómo acompañar la actividad: paso a paso

El papel del adulto es facilitar la conversación, no dirigir todas las respuestas.

1. Busca un momento adecuado. Si el niño está muy alterado, asustado o desbordado, quizá todavía no pueda reflexionar ni elegir opciones. Primero ofrece calma, presencia y seguridad. La actividad puede hacerse después, cuando esté más disponible.

2. Invita, no obligues. Puedes presentar el recurso con naturalidad: “Vamos a mirar cómo te encuentras y pensar qué podría ayudarte”. Si no quiere participar, respeta su ritmo y deja la puerta abierta para otro momento.

3. Observad juntos las emociones. Lee las opciones en voz alta si lo necesita. Pregunta cuál se parece más a lo que siente, pero permite que elija otra palabra o que diga “no lo sé”. A veces puede sentir varias emociones a la vez.

4. Ayúdale a explorar la necesidad. Evita dar por hecho lo que necesita. Puedes ofrecer posibilidades: “¿Te ayudaría que me quedara contigo, prefieres un poco de espacio o quieres contarme qué ha pasado?”.

5. Elegid una estrategia concreta. Es mejor probar una acción pequeña que ofrecer muchas soluciones a la vez. Acordad qué hará, quién puede ayudar y dónde puede hacerlo.

6. Revisad cómo ha ido. Después, pregunta con curiosidad: “¿Te ha ayudado un poquito o necesitamos probar otra cosa?”. No todas las estrategias funcionan siempre, y eso también forma parte del aprendizaje.

“Estoy aquí contigo. No tienes que resolverlo ahora mismo. Vamos a pensar juntos qué puede ayudarte”.

Qué decir y qué conviene evitar

Las palabras del adulto pueden ayudar a que el niño se sienta comprendido y seguro.

Frases que acompañan

  • “Veo que esto te ha afectado”.
  • “Tiene sentido que te sientas así”.
  • “¿Quieres que te escuche o prefieres que pensemos una solución?”.
  • “Puedes estar enfadado; no puedes pegar ni hacer daño”.
  • “No tienes que hacerlo solo. Estoy aquí para ayudarte”.

Mejor evitar

  • “No es para tanto” o “no llores”.
  • “No tengas miedo” o “no te enfades”.
  • “Eso no es nada, se te pasará”.
  • Exigir explicaciones cuando todavía está desbordado.
  • Convertir la actividad en un examen o corregir lo que siente.

Validar una emoción no significa aprobar cualquier conducta. Podemos aceptar que un niño esté enfadado y, al mismo tiempo, poner un límite claro a los golpes, insultos o acciones que puedan hacer daño.

Adapta el acompañamiento a la edad

La misma actividad puede necesitar distintos niveles de ayuda.

3–5 años Usa frases cortas, imágenes y ejemplos concretos. Ofrece dos opciones sencillas y acompaña con tu presencia.
6–8 años Relaciona la emoción con situaciones cotidianas. Ayuda a identificar señales del cuerpo y a elegir una estrategia.
9–12 años Invita a explicar qué ha ocurrido, qué pensamientos aparecen y qué alternativas podrían ayudar.
13 años o más Respeta su intimidad y autonomía. Dialoga de igual a igual, evita imponer soluciones y pregunta qué tipo de apoyo desea.

Ideas para utilizarlo en casa y en el aula

Puede formar parte de pequeñas rutinas de bienestar emocional.

En casa: podéis utilizarlo en un momento tranquilo del día, por ejemplo después del colegio o antes de acostarse. El adulto también puede compartir cómo se siente y qué necesita, mostrando que hablar de emociones es algo cotidiano.

En el aula: puede servir como actividad voluntaria de entrada, asamblea, tutoría o acompañamiento individual. Es preferible evitar que el alumnado tenga que compartir delante del grupo algo que considera privado. Se puede hablar de emociones usando personajes, cuentos o situaciones ficticias.

Como rutina: no es necesario utilizarlo solo cuando aparece un problema. También ayuda a reconocer la calma, la alegría, la satisfacción o la ilusión, y a descubrir qué actividades contribuyen al bienestar.

Una emoción intensa no es una emergencia que haya que apagar

Primero seguridad y regulación; después reflexión y aprendizaje.

Cuando la emoción es muy intensa, el niño puede tener dificultades para escuchar, hablar o elegir entre varias opciones. En ese momento conviene reducir las preguntas, hablar con voz tranquila, retirar estímulos si es posible y ofrecer una presencia segura. Si hay riesgo de que se haga daño o haga daño a otra persona, prioriza la seguridad y busca el apoyo adecuado.

Cuando haya recuperado la calma, podéis volver sobre lo ocurrido sin reproches: qué pasó, qué notó en su cuerpo, qué necesitaba y qué podría ayudarle la próxima vez. No se trata de buscar culpables, sino de comprender y aprender.

Recuerda: respirar, dibujar, hablar o alejarse un momento son posibilidades, no soluciones universales. Invita al niño a descubrir cuáles le sirven y adapta las propuestas a sus preferencias y circunstancias.
El mensaje más importante que podemos transmitir

“Todas las emociones tienen un lugar. Puedes contarme cómo te sientes. No voy a juzgarte por sentirlo; te ayudaré a encontrar una forma segura de expresarlo y de cuidarte”.

Este material es un recurso educativo y de acompañamiento. No sustituye una valoración individual ni la intervención de profesionales cuando el malestar es persistente, muy intenso o interfiere de forma importante en la vida diaria del niño o adolescente.

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